No sabemos Consolar
- Gabriel Rivera
- 30 oct 2024
- 2 Min. de lectura

Cuando alguien está triste y se acerca a nosotros, ¿qué hacemos? Lo primero que suele venir a la mente es decirle que todo estará bien, que no hay razón para estar triste, que las cosas no son tan graves y que pronto todo se arreglará. Sin darnos cuenta, desvalorizamos la emoción de quien está pasando por un mal momento.
Es bien sabido que las emociones difíciles nos incomodan. La tristeza, la rabia y el miedo se ven como enemigos, emociones que preferimos evitar. Cuando sentimos alguna de ellas, solemos pensar que algo estamos haciendo mal o que nuestros avances en autoconocimiento se desmoronan.
Así, es lógico que, si no nos gusta sentir estas emociones en nosotros mismos, intentemos que los demás salgan rápido de su estado de tristeza. Pero esa prisa da como resultado lo que llamo no saber consolar.
El consuelo reconforta, nos brinda un lugar seguro, nos hace sentir entendidos y nos permite experimentar emociones difíciles con la certeza de que pueden ser contenidas. Consolar es un acto profundamente humano y, por ello, necesitamos aprender a hacerlo bien. Consolar es aceptar el dolor ajeno, entenderlo y hacerle saber al otro que lo comprendemos. No es juzgar ni comparar su dolor con el nuestro. Aunque nuestras experiencias dolorosas nos pueden hacer empáticos, nuestras soluciones pueden ser muy diferentes a las que los otros necesitan.
Saber consolar demuestra que entendemos y aceptamos que el otro es diferente de nosotros, y que nuestra ayuda debe surgir de lo que el otro necesita, no de lo que creemos que es mejor para él. Consolar implica un profundo autoconocimiento, paciencia, escucha y la habilidad de reconocer el dolor en las personas que amamos.
Nuestra tarea es, entonces, aprender a consolar.
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